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     Es bien sabido que quien no dá su nombre, tiene mala entrada prácticamente en cualquier parte, y los templos del arte no son una excepción a esta norma. En tanto que espacios en los que las palabras luchan por borrar la imágenes, exigen acreditación.

     La autoría se impone como carta de presentación, como acta notarial, como atributo que define la obra. LLegamos a preguntamos si la autoría es la obra, y si asi fuese, hay que señalar, sin embargo, que esta declaración de principìos seria un hallazgo reciente, como lo es el gusto, la figura del artista, la perspectiva, o los derechos humanos.

     Catedrales anónimas, textos anónimos, melodías anónimas, gestas anónimas... demasiado anonimato. Jan van Eyck intentará, en clave radicalmente fotográfica, poner cara a su obra. En El Matrimonio Arnolfini no será suficiente la firma. Sobre el lienzo, y por si acaso, escribirá: "Jan van Eyck estuvo aquí". Es el comienzo de una larga aventura.

     Frente a las catedrales anónimas, se imponen, más bien, las catedrales cuyos autores no nos han dejado su nombre. La historia del arte tiene sus cimientos en la obra de maestros (que no artistas) cuyos nombre probablemente nunca conoceremos. Catedrales sin autoría (suficientemente) conocida. Pero no es la sospecha que crea la autoría desconocida la que aqui nos interesa, sino la que produce el anonimato, una categoría que tiene sus propios lugares, y son otros.

     Lo anónimo es sospechoso porque no se encuentra en la superficie, y lo que no es superficie no recibe luz. El lugar de lo anónimo se encuentra entre sombras y brumas. No es fácil ver con claridad por donde discurre el anonimato. Anónima podría ser una geografía sin nombres, sin perfiles, sin mapas, sin referencias. Esos lugares a los cuales no les hemos dado nombre, no por falta de exploradores, sino porque considerábamos que no se merecian el interes de una mirada. Lo cierto es que el anonimato carece de nombre, y lo que es más complicado, se resiste a que se lo pongan. Lo anónimo carece de gramática y no le gustan las palabras.

     De hecho, es más difícl esconderse tras un discurso que tras una imagen (imagen sin texto, por supuesto), y a la postre un semi texto balbuceante, se convierte en algo burdamente confuso, incomprensible hasta su anulación. Por el contrario, las imágenes se sienten cómodas en tierra de nadie, las imágenes son anteriores al significado. Son las palabras las que luchan por sacarlas de su limbo. Es Champollion en Egipto.

     Los pronunciamiento y las buenas intenciones se estrellan contra el muro del anonimato. En lo anónimo, el sujeto existe pero no es nadie a considerar, carece de casi todo. La existencia de este aprendiz de brujo, produce hilaridad a lo anónimo, ya que no es el cuerpo, sino el alma de lo anónimo lo que es inencontrable, y ello crea desasosiego.

     El anonimato carece de conciencia y de consciencia, algo tan querido por el arte. Lo anónimo, y aquí nos estrellamos, es la ausencia de respuesta. Es como hacer preguntas a un muerto, es como enamorarse de la Ofelia de Hoffmann. Hay, ciertamnte, en lo anónimo, una pulsión de muerte, o para suavizar, una necesidad de no existencia. El anonimato es la ausencia.

     A lo anónimo, sin embargo, nadie le negaría su belleza, la del misterio, lo mejor del anonimato. Lo peor, su poder, el poder de la seducción, ese "lo sé todo de tí y tú no sabes nada de mí". Jugando con Thomas de Quincey, diríamos "Del Anonimato considerado como una de las Bellas Artes", o con Sören Kierkegaard, "Diario de un Hombre Anónimo"... Cuanto más se muestra, más ganas tenemos de conocerle, y menos le conocemos. La imagen en estado puro.

     Al anonimato no se le vence negociando, sino destruyéndolo. La partida se gana (en el tablero de ajedrez de Bergman) cuando lo anónimo salta por los aires, cuando se acaba el encantamiento, cuando el espejo está hecho añicos. Porque no nos engañemos, lo anónimo no es juguetón, sino intratable. En la nada no hay juego.

     Con el hechizo roto, el anonimato deja de existir. Lo anónimo "es" mientras no se resuelva el enigma, y el tiempo juega a su favor, cuanto más se mantenga el enigma, más anonimo es. Poco que ver con las catedrales góticas, viejas historias familiares de antepasados, con mucho que contar para que que no olvidemos de donde venimos. ¿El Santo Grial? Quizás haya historias menos manoseadas... como los cuentos recopilados por los hermanos Grimm. No es un asunto de texto sin autor conocido (nulo interés), sino de mundos cercados por el anonimato... y por ello mágicos. Sí hay anonimato en la magia, o lo que ahora nos interesa, si hay magia en lo anónimo (recordemos su poder de seducción). Anónimo es el mundo que hizo posibles estos mundos anónimos. (Nos preguntamos si no será el miedo, más generador de preguntas y acciones que el propio pensamiento, el auténtico motor de lo anónimo. Insistimos en que lo anónimo se crece ante las preguntas ya que se sabe indescifrable.)

     Como estratega de la seducción que es, lo anónimo se mueve como pez en el agua en el silencio. Es el gran parásito del silencio, al que le chupa sus mejores recursos. Es el silencio del submarino en guerra, el del buho en cacería. Como el silencio, lo anónimo se mueve entre la niebla, pero lo transciende, lo supera en silencioso. Es el máximo silencio, el silencio del mundo, la nada, el nadie... pero insiste en que está ahí. Mientras lo anónimo "es" no hay esperanza. Silencioso como el dios que te ha metido en un lío pero no te habla. Como el villano shaskesperiano, escondido (siempre a medias) tras las cortinas, el anonimato se esconde y conspira desde la protección del silencio, o lo que es lo mismo, de la oscuridad. Silencio total... con sombra, con ligeras promesas de existencia (por parte de lo que no existe), leves sonidos en el silencio. El anonimato necesita de algo de ruido. Es su provocación, de ahí el desasosiego.

     Al arte contemporáneo, que se las sabe casi todas, nunca le han interesado "los sin credenciales" pero sí el anonimato en su faceta de filón linguístico, filón donde los haya. El enigma no se puede descifrar pero sí se puede tenerlo en casa, guardado en la caja china, y guiñarle el ojo desde la inteligencia, lo cual no es poco. Quizás fue Marcel Duchamp uno de los primeros que retó al enigma, al pensar que a lo mejor se podía coquetear con lo innombrable y salir triunfante del intento. Un silencio consciente, un contexto para lo que vivía sin contexto. Mejor el anonimato de Duchamp que su silencio. Un silencio para el anonimato.

     La fotografía contemporánea sabe mucho de la mirada y no admite fácilmente la mirada inconsciente, la mirada sin gesto, la mirada de la vaca. El pánico a la ausencia de firma no es sólo una pataleta del narcisismo del arte, es que el arte, como declaración de intenciones, necesita de la firma. Ylas vacas no saben firmar, porque no saben mirar, y no saben mirar porque no saben firmar.

     La fotografía fue, entre otras cosas, el mono de la naturaleza, o lo que es lo mismo, el mono de Buster Keaton. El pretendido insulto (era una época de rivalidades) sería su gran virtud. La fotografía, y debemos hacer hincapié en ello, es unode los juguetes preferidos por el anonimato. La fotografia se vale de un artefacto silencioso, eternamente estable sobre tres patas, mirando sin opinión, sin creencias, sin alma, con el ojo de Olimpia, Un ojo sin mirada que ve mundos en blanco. Es la cámara de seguridad del banco, la webcam de la Gran Vía, activa desde la total pasividad (es el mundo el que hace las fotografías). Es la actividad incesante y silenciosa del anonimato. La fotografía es insultantemente anónima, y toda su historia se reduce a una batalla campal por arrancarle su anonimato. Hacer fotografías es escibir palabras e ilustrarlas. Escribir es el fín del "autor" de fotografías. Hay quien lo hace con letra gótica, hay quien prefiere la courier, o hay quien prefiere la sopa de letras, pero a ver quien se atreve con la escritura automática de la fotografia, esa que no necesita de taquigrafos. Volveremos a insistir en las extrañas virtudes de la fotogarfía.

     Hay recursos. Podemos utilizar a las vacas como modelos. A Buster Keaton le gustaban los monos como fotógrafos y las vacas lecheras como modelos: No hay nada más tentador para un niño (y todos somos un poco niños) que encontrarse con una hoja en blanco y un lápiz para hacer letras y garabatos. Un mundo en blanco, un mundo que no mira, sobre el que proyectar nuestras mejores pinceladas. Es el rostro en blanco del que habla Roland Barthes, el rostro sin escritura, el rostro a escribir. Es la màscara del teatro japones, en realidad una estratagema para afirmarnos en al anonimato. Sólo miramos nosotros, : "Prohibido mirar a la camara" diremos:, como el emperador, como el peridista que solo pregunta él y guarda las respuestas como si de un botín de guerra se tratara. Dificil desafio, será necesaria una inteligencia de medias palabras, y dichas en voz baja, como susurros, ya que el mundo (todo el mundo) gira la cabeza cuando se grita, exige una respuesta, y los rostros comienzan a mostrar su alma. Es ese calor lo que odia el anonimato.

     Walker Evans no se encontró una América sin mirada, y Robert Frank tan sólo le quitó una de ellas para darle otra. Pero los tiempos han cambiado y los campos de Menphis (Tennesse) no están en el mapa, y en las ciudades europeas hace mucho frío, el color del invierno europeo. Al fín, un mundo "realmente" por escribir.

     Un mundo en color. Miradas como de que "pasaba por aquí " en un blanco y negro escondido tras los colores. Pero no es un blanco y negro puro, es casi blanco y negro, pero con algunos grises, porque se puede retar a lo anónimo pero no se puede permitir ser devorado por él. Sin algo de grises no hay comunicación, y el autor, el gran "voyeur" (el mas anónimo de los autores conocidos) necesita de ella para sobrevivir. Bien es cierto que se busca el límite, (la imagen al limite de su significado), el gran guiño, pero se sabe que sin comunicación no hay recursos, no hay juego, no hay lenguaje, no hay nada, sólo el silencio del anonimato. A veces recuerda a aquel T.S. Eliot que se asusta, echa marcha atrás y explica su "tierra baldía". Lo demasiado oscuro, lo demasiado enigmático puede ser anulado por lo anónimo. Aunque se trate de un pacto entre conspiradores, un juramento en una sociedad secreta, aquella de la que Duchamp era miembro fundador. Es necesario un portavoz.

     Pero la fotografía no necesita de la ayuda de un escribano, y menos del que quiere pasar inadvertido. La fotografía se basta a sí misma para alcanzar su máxima potencialidad en lo anónimo. Sus virtudes son muchas (recordemos que algún ingenuo las consideró liñitqciones): Se expresa en el tiempo y en el espacio sin decir cuando ni donde. Su lugar es la fragmentación, un espacio y un tiempo rotos en pedazos, y no dice cuánto. A ésto algunos le llaman su vocabulario, un vocabulario de dificil dicción. Es el silencio del cine mudo, es el blanco y negro del vampiro de Murnau... porque, no nos engañemos, lo anónimo carece de grises. El gris es el recurso del escribano para que se le vea. El gris es el color de la claridad ante tanta sombra, es el que trata de poner orden en el caos de lo anónimo. Y por qué no, el gris también pone orden entre el blanco de la inmaculada y el negro del pecado.

     Es en su ojo de cristal, y es en su interior de sombra total donde la cámara fotografica puede provocar milagros (apariciones). Dejará entrar la claridad durante una décima de segundo por una rendija de la caverna (es obligado para lograr los mínimos), y obtendrá sus mejores logros. Así es como inos nterrogará, así es como nos planteará sus mejores preguntas, y así es como pretenderá perturbarnos. Es ahí donde lo anónimo puede emerger y dar un hachazo existencial y linguítico. Como en un negativo, luces convertidas en sombras y sombras convertidas en luces. Así alguien podrá decir a la cámara : "tú registras trozos de mundo y yo trato de ponerlos en orden" Pero no siempre llega esta claridad, no siempre surje un positivo de un negativo, y como si de una mutación genética se tratase, aparece un positivo que se parece a un negativo, aún más oscuro. Siempre con la promesa de algo que no va a llegar. Todo parece que el anonimato ronda por ahí.

     Lugares sin nombre, sin memoria, y rostro sin nombre ni memoria, suspendidos en un tiempo incierto, con una existencia incierta, condenados a la eternidad, como el fantasma de Canterville. En realidad sí es la "ausencia-presencia" de la que alardea la fotografía. Pero es una presencia rara, es una presencia que se parece demasiado a la ausencia: no incomoda la ausencia, sino la presencia que se parece tanto a la ausencia. No es casual que la fotografía del S.XIX fuese tan aficionada a obtener fotografías de fantasmas, o mejor, a convertir a la gente en fantasmas. Pudo ser un desafío técnico, pero más la intuición del poder de la fotografía, del poder de molestar a nuestras existencias en el tiempo. Quizás la misma amable ingenuidad que la de H.P. Robinson intentando contarnos Caperucita Roja (no de Grimm, sino de Perrault) con la cámara, en tiempos en los que había que averiguar si la fotografía sabía narrar). Para obtener fantasmas no hace falta fotografiarlos, basta con dejar a la fotografía andar sola. No son fantasmas como Casper, son fantasmas que sí dan miedo. Es el condenado a muerte de Roland Barthes. Cuando Barthes intenta averiguar de qué trata la fotografía, se encuentra ante un jeroglífico con el que finalmente obtendrá un monumento funerario. Al igual que cuando Freud se enfrentó a una autómata, se encontró con el artículo neutro de lo siniestro (el mundo como autómata, uno de los retos de la fotografía). Se puede intuir que Barthes, en su viaje a la fotografía, pudo haber oído el canto de sirena de lo anónimo.

     Sin lugar a dudas, la fotografía sabe actúar sin la ayuda de nadie. Cuando es así, su presencia es una ilusión, y como reemplazante de la memoria, es nefasta. Es una impostora cuyo fín es el contrario a lo consesuado, su fín es disolver la memoria. Ni tan siquiera permite el olvido, la amnesia (la mejor foto es lo que no se hizo) Lo descorazonador es cuando, tiempo después, encontramos la gorra del niño pero no al niño. Es la presencia que necesita lo anónimo. Esa es la foto de la que hablamos: una sonrisa sin rostro en tierra de nadie. Existencias borradas, existencias anónimas, porque lo anónimo borra las huellas... pero una vez más, no totalmente, borra su dirección. En un mercadillo de anticuallas, en el álbum fotografíco: "A Helen en su 11 cumpleaños. Con cariño, papá" El metatexto, el juguete sin pilas, el caramelo sin azúcar... Todo son trampas, a nosotros que siempre queremos saber más y más de las fotografías. Es cuando las palabras se alían con las cámaras que andan solas. En la foto, Helen con su padre, sonrientes, lanzados al vacío, a un rastrillo, y finalmente a la basura, el lugar ansiado donde el fantasma será liberado. "Ese/a podría ser yo". Sin derecho a decir "a pesar de todo, fuimos", como el condenado a muerte, sin derecho a recurrir. Porque las imágenes sin cuatro paredes donde apoyarse (mejor las del museo), lo dicen mal, lo dicen a medias, como para que nadie pueda prestar atención. Pocos grises, no como en la foto de Humphrey Bogart cuidaosamente escrita por un escribano, rica en grises de presencia cierta. El cine sonoro quiso acabar con el silencio del fantasma de Murnau, al igual que la película pancromática . Pero en el sarcasmo de lo anónimo, Bogart y su notario acabarán por ceder su presencia cierta. La imagen quedará a buen recaudo pero la tinta se borrará. En el cajón del anonimato, donde no caben las palabras.

     Sin embargo, la desesperación del arte contemporáneo insistirá, porque el museo como refugio liberador, es excelente. Es el lugar donde se restauran las viejas palabras, donde se les dá nuevos pensamientos, en definitva una nueva vida ante su lenta agonía. Ahí ya no cabe la imagen absoluta. En una de sus salas, Helen y su Padre, excelentemente disecados mientras la eternidad dure. El lenguaje ha ganado, ya no es el infrasonido de lo anónimo sino la partitura clarificadora.

     Catedrales anónimas... mucho más fácil de pensar que paisajes anónimos, que ciudades anónimas, que calles anónimas, que casas anónimas, que hogares anónimos. Al fondo, en el salón, el televisor sin sonido, sin atención, 100 canales en uno. Nada ha sido tan fotografíado como las maravillas que encierran para el anonimato las imágenes RGB del televisor. Porque ahí estamos todos en la fotografia, con nuetra hija Helen o con nuestro padre de Helen, en hogares sin memoria, en casas sin numero, en calles sin nombre, en ciudaddes surgidas del frio, en paisajes por recalificar. Es un extraño lugar, algo así como el metro de Londres sin la estación de Waterloo, un punto de referencia que se ha esfumado entre la bruma.

     El arte insistirá, pero con condiciones: prohibida cualquier mirada que no sea la nuestra. Ya no sólo está pohibido mirar a la camara, sino a cualquier parte. Pero alguien deberá responsabilizarse de la webcam, de lo que mira y de cómo lo mira, porque de lo contrario lo anónimo podrá instalarse, y eso aún no cabe en un museo.



© Eduardo Momeñe





















 






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   EDUARDO MOMEÑE



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Lo Anónimo como Imagen

Publicado en Photovisión nº 31